NO SÉ SI ES MÁS HORRIBLE


No sé si es más horrible la ultratumba
o esta agobiante realidad.
Las tres… y sentado, sin simiente,
sobre una cama en la que titilan
estúpidamente mis recuerdos.
En el insomnio,
veo tu nombre en mis ojos
hasta que llega el terco fantasma
de la aurora.
Por mi alma, vuela tu rastro
como un etéreo sueño que me abraza
con su exquisita dulzura.
Después de aquella noche,
mis ojos se confundieron de idioma
y yo me ahogaba en tu densa saliva.
En aquella interminable madrugada,
se realizó el conjuro de dos almas
que confundieron el color de sus miradas.
Al sentir la herida de tu voz,
se pararon todos los relojes
y nuestro amor se convirtió
en un broma macabra…
¡Calla, no digas nada,
deja que hablen nuestros cuerpos,
apriétame contra tu pecho
mientras que saboreo el infinito almíbar
de la carnalidad en tus labios!

DOLOROSOS RECUERDOS


Dolorosos recuerdos entreví
sobre la nieve de una dosis.
Justo a mitad de tiempo,
volví a sentir un frío arrepentimiento filosófico, casi existencial,
sin ninguna psicopatía aparente.
Todo se cimentaba en la trampa
enfermiza de mortecinas horas
y en el dolor de unas neuras freudianas.
¿Quién cree ya en cómodos divanes y en píldoras mágicas…?
Mis cobardes psiquiatras huyeron por un agujero sin fondo.
Lo siguiente fue la terrible locura, la horrenda culpa,
salvo que fueres purificado por extáticas vírgenes
con sus sagrados brazos puestos en cruz.
¡La tormenta diaria, luego, el vil arrepentimiento!
Todos los cuerpos enferman por el pecho,
mis trágicos espasmos son cosa del diablo.
¡Apagar la mente, encender el alma,
entender el paradigma y morir en el acto,
recitarse a sí mismo los deseos insatisfechos,
constreñir tus sentidos,
reprimir tu instinto asesino,
repetir continuamente el credo
que te enseñaron esos viejos amigos
que juegan con extraños misterios
y olvidan la experiencia de morir
porque prefieren pasárselo a lo grande,
aquel rosario de tu niñez,
aquellas sanadoras aguas
que pretendían redimirte de la maldición eterna,
que eran la sangre de inocentes víctimas…!
¿Por qué no te olvidas de esos insanos dioses?
¡Te gusta soñar, eh, y asistir a misas negras!
Un poco más de infierno infantil
no te hubiera venido mal
para volverte más seria
y calmar tus ocultas intenciones.
Inicuos sacerdotes te endosaron la deuda soberana
y descargaron sobre tu espalda las culpas de aquellas mafias.
Ni un acto de infinita contrición,
ni poner los brazos en cruz,
ni amarrarte al cuello la soga del ayuno
podrá redimir tus insolentes pecados,
a pesar de tus rezos diarios
y el aparente arrepentimiento
de tus joviales domingos.

MUDOS, AUSENTES


Mudos, ausentes, viajan mis besos,
tratando de olvidar el llanto
de las innumerables promesas clamadas por ansiosos labios,
de juramentos inspirados en inalcanzables deseos.
Prendida estuvo mi alma de las garras de una furia
con fijación de agrestes madreselvas
que exhalaban inmarcesibles aromas.
Después de unos instantes,
se apagaron todas las canciones
y perdí la noción de mi existencia.
Nació la ira, dentro de encarnada piel,
atravesando el día y vomitando espinas
que en mi garganta se clavaban
y desbordaban el nudo de mi cuna.
¡Esa fila de números en el interminable calendario,
esas malas hierbas trepando por los altares,
ese montón de lágrimas,
esa plaga de horribles onomásticas!
Cada carta que escribo
tiene el sabor de un día.
Secretas venas, santas,
se resisten al infierno del olvido.
Esas lejanas estrellas, con sus luces de fiesta,
gritan su nombre ante la propia mesa
en la que rompí mis sagrados juramentos
errando por la noche sin saber
dónde apoyar mis manos.
De pronto, una extraña luz
brilló sobre mis hombros
calcinando las calles
antes que mi afección
se hubiera culminado.
El desamor bastó para romper mi herida
y arrojar la llave al fondo de un silencio
que no entendía de labios,
ni de bocas que se abrieran
ante atónitos ojos sorprendidos
por el espíritu de sacrílegas rosas
que sucumbieron a la inevitable desgracia.

EL SANADOR


Mis ojos se perdían en lejanos paisajes.
Alguien, piadoso, se acercó hasta mí
queriendo explicarme mis oscuros sueños.
Con los siete pecados capitales
y amorosas maneras, hizo una espesa sopa
condensando en ella todas mis desgracias.
Delicadamente, me tendió en la cama;
alrededor del mullido lecho
se escuchaba el silbido del viento.
Con frescos elixires atenuaba
el cautiverio de mi espíritu,
expulsó a mis demonios,
me libró del infierno
en que se había convertido mi alma.
Mi alborozado espíritu
pudo entonces adentrarse
en la callada esencia de la naturaleza.
Me asomé a mi conciencia,
saludé a mis vecinos,
olí la piel de la hierba…
¡y procuré comportarme honestamente!

QUÉ PODRÍA YO DECIR


¿Qué podría yo decir
de las tierras que he visto?
Momentos percibí ahítos de duelo,
voces fuera del tiempo,
estresantes quejidos…
Bebí en ellas, desde mi azaroso nacimiento,
toda clase de pócimas
mezcladas con vaporosas ansiedades:
la veleidad del incienso,
la desidia de unos mares,
las agobiantes y pobladas ágoras,
la dura corteza de la soledad,
el ahogado respiro
de los nobles afectos que partieron, precoces,
por solitarias cimas sin apenas oxígeno.
Sin embargo, hasta aquí llegué… ¡y sigo vivo!
Todo fluye hacia el más absoluto abandono,
todo acaba en un implacable desierto.
De nada sirve el aire
para calmar esta memoria irreversible.
Mi corazón, caliente, se pregunta:
¿aún palpito?,
¿hay futuro en la sangre que me nutre?
Los sublimes deshechos de un nido irremediable
se derraman en un pozo de insólitas presencias,
de una exhausta alegría contaminada
por banales argumentos.
Honda tristeza hace latir mis desafíos,
lo incierto me acompaña,
¡ya escucho mis tormentas…!
Mi espíritu, insumiso,
es amigo del delicado ensueño
que me invita a proyectos imposibles.

MI PASO


Mi paso es ciega barahúnda
por el voraz desierto
en que transcurren mis años.
 
Absurda verborrea esconde su rumor
bajo los cráteres de vagabundas huellas
que a mi piel le dieron un aspecto
vago, provocativo, informe.
 
Mi oficio es acallar la pereza
y atonía de lo urbano,
disolver ese odioso crepitar
de abarrotados círculos,
recoger las hojas olvidadas,
errar por calles sin salida…
 
Mi anhelo es abandonarme a los besos
de entrañables violetas,
ahogarme en fuertes brazos,
abrazarme a los cipreses que me encuentro,
huir de esos rostros de lenguas frías,
del infinito hastío que ante mí se abre,
anhelar esa mirada que se acerca, relamiéndose,
al ver temblar la copa, ya vacía,
de unos rabiosos labios que,
en otro tiempo, me abrasaron.

OSCURIDAD SONORA


¡Oscuridad sonora,
esa llave del absurdo
que alimenta el caos!
Tras la puerta se escucha
el son de extrañas voces,
el sinsentido se adueña de mi mente
y yo, navegando en el llanto,
olvido mis propósitos.
 
No todos los dolores son iguales,
algunos dejan desesperanza en los ojos,
nos ausentan de nuestra propia vida,
como si hubiésemos perdido a la única gente
que nos pudiera ofrecer alegría.
 
¡Insensatez del tiempo!
Lenta, la muerte por el mundo
nos arrastra hacia un vano delirio;
nada consuela la vida humana,
esa vida que se arrastra
entre la estupidez y la poesía.
 
En unas letras sin raza, plenas de noche,
tan sólo leo que esa estridente música
no da freno a mi inquieta agonía,
y que las amarillas luces
nunca me bastarán para alejarme
de lo que más aborrezco:
¡este castigo cruel de mi melancolía,
este obsesivo malestar del que intento huir,
estos días sin presencia y de semblante ciego!

LA NOCHE SE CONSUMA


La noche se consuma en un reflejo
de rojos borboteos que van forjando
destellos sobre el magma.
Junto al hervor sagrado de la sangre,
el brillar de las hachas.
 
Somos informes vísceras,
inacabados versos,
niños perdidos en candentes desiertos
de temblorosas manos
que apenas sienten latir sus corazones.
 
Como erráticos ejes nuestras hojas transpiran;
desde su inane fondo, ¡ay, lamentos del aire!,
nuestras luces más hondas, sedientas, se alimentan
de telúricos átomos.
 
Una máscara de insolentes facciones
llegada del pasado, entre agónicos ecos,
agita mis recuerdos.
 
La sordidez del lodo
se refugió en mi lecho.

ILUSIONES


Ilusiones…,
¿en qué lugar moráis?
Realidad…,
¿dónde te escondes?
 
Tu crueldad
me convirtió en esclavo,
con infamia
faltaste a tus promesas.
 
¿Adónde fue la fe?,
¿acaso perdió sus labios
al escuchar los rezos
de inicuos sacerdotes?
¿Por qué te marchas, consuelo,
huyes al país de la justicia, tú,
que te casaste con la duda?
 
El opio de la inmundicia,
hermanado con la abyecta mentira,
vive entre locos anhelos
desparramando su envenenada pócima
sobre mi ingenua lealtad.
 
La ceguera pasea, soberbia,
animada por inusitada fuerza,
y sube la empinada pendiente
sin que nadie calme su corazón
ni haga callar su torpe voluntad.
 
¿Es la esperanza un engaño?
Al miedo, sí, lo mueve una callada cobardía
que encuentra en la venganza su mejor consuelo.
Mis ansias no tienen respuesta,
una inmensa orfandad
se enseñorea de las calles.
 
¿Qué somos?
¡Utopía y nada más,
vanos sueños de añoranza
disfrazados de amor,
sueños destrozados por la horrible miopía
de vanos sentimientos que siembran dudas
y mercadean con la inocente fragilidad
de vaporosos contrapuntos
con sones de fiesta…!
 
Mi soledad
y mi afán caminan juntos.
En vano, mi alma,
conteniendo su llanto,
mendiga una respuesta.

ÉPICA LEVEDAD


Épica levedad
derrama su nostalgia
sobre mis hombros,
intangibles círculos bordean
mi apolillado paso.
 
Errática autoría,
consumiendo mis huesos,
pergeña rutinarias imágenes
que deambulan, con estrábica inercia,
por los cauces naturales de mi ciega estulticia.
 
Sin reparos, muestro al mundo
mi desvergonzada calvicie;
frío tengo, poseído por un súbito espanto.
Antiguas tradiciones, carentes de entusiasmo,
yacen bajo los cueros de un tangencial abismo.
 
Camino erguido,
algo inclinados mis hombros,
disimulando la torpeza de mi brazo,
escondiendo la bisoñez de mis garras.
 
De la urbe me espantan las facciones,
en la tierra se hundieron mis raíces.
Prisionero de un grito,
¡cómo aborrezco el tacto
de mi fina epidermis…!
 
Querría escapar de la arrítmica
y decadente molicie.
Desconocidas fuerzas me empujan
hacia un implacable destino que, antes o después,
habrá de derrumbarme.
Sórdido eje traspasa las cenitales salidas
para luego adquirir impulso y
arrojarme a traicioneros brazos.
 
Pertenezco a otra especie,
a una especie que se pierde en las calles,
a una especia sonámbula que sufre
incontenibles contorsiones y olvidó,
en los volcanes de la luna,
la entraña de su andrajosa evolución.
 
Las solitarias grietas
de mis contritas manos
hierven al paso de los siglos.
Instintivamente, me contraigo,
me sumo en un oscuro fondo.
Duermo al raso, contemplando
las huellas que en el bosque
fueron dejando mis sueños.