RISAS LUNARES


Sus risas llenan todo el aposento,
la noche se cuela en mi cofre
con lunático rumor.
En virginal espejo su candor se refleja,
mis ojos escudriñan el recinto
en busca de emociones consteladas.
Radiante luz penetra cada poro,
iluminando la blasfemia de esa luna tan fría
que atraviesa la tersa piel de mis venas.
Mi corazón quiere cubrir los huecos,
desatar los espacios,
esconder los delirios…
Bajo aterciopelado manto
escondo mis recuerdos,
con ágiles dedos
silencio mis palabras.
La mentira coagula mi lengua,
insólitas presencias,
sortilegios soñados…
Inaudibles gemidos
sangran sobre el papel.

TRAS EL TELÓN


Tras el telón
de la blanca almohada te contemplo,
desde tu habitación de párpados nocturnos.
Entre las de tu especie,
el espíritu nunca claudica
y tu alma guerrea contra las horas
manteniendo el rescoldo
de las últimas llamas.
Ya venciste a la noche,
quieres ahora conquistar la madrugada.
Insaciable,
tu piel amazónica
te hace buscar el último remanso
en la luz de un horizonte que te hace guiños.
La noche duerme
el alba de tus sueños.

ARENA


En mi mapa…,
montañas de arena.
Fina arena que el viento aleja
al compás de un corazón que late
en pos de inalcanzables luceros.
Arrastrado por su incesante soplo,
indiferente al miedo,
me acerco hasta el abismo.
Sorprendidos, mis ojos
contemplan una tierra
habitada por misteriosas almas
que acompañan mis eternas soledades.
Me sabe el amor a espíritu rendido,
a inútiles caprichos de fieras desnudeces.
Mi piel esparzo
en las entrañas de la noche,
dubitativas sombras
se adueñan de mis venas.

ME GUSTA


Me gusta respirar
el aroma de tus sueños,​
desentrañar el misterio de tus ojos.
Me gusta ver abrirse tu sonrisa,
sentir cómo florecen las rojas amapolas
en lo más hondo de tu oscuro precipicio.
Me gusta conocer el origen
de tus inciertos nombres, ahogarme
en tu profundo abismo y, allí, dejarme arrastrar
por el lento caudal de mis recuerdos.

ENTRE LAS HONDAS MANOS


Entre las hondas manos del temor
se ahogaba el ritmo de mis cuerdas.
Mis suspiros se aferraban a las ganas
de besar tus ojos a gritos.
Vino a romperse el cristal de mis horas
al estrellarse en tus gemidos desahuciados,
en tus lagos de oscuras aguas,
en el dolor abierto
en la cintura de tu entraña.
¡Ay, sanguíneas palabras
que apenas podían mantenerse erectas!
La turbia inocencia perdida,
con su piel lánguida, transmutada
por el calor de aquel estío, abrió,
anhelante, sus brazos y dejó resbalar
sus labios por la desnuda raíz
que lame tus noches atrapando lunas,
deshojando flores,
desbrozando luces,
anhelando la carnada de tu vientre,
saboreando la pulpa de las frutas cosechadas
en aquel tiempo de encendidas pasiones
en que nuestros cerrojos, sin tregua, chirriaban.