ILUSIONES


Ilusiones…,
¿en qué lugar moráis?
Realidad…,
¿dónde te escondes?
 
Tu crueldad
me convirtió en esclavo,
con infamia
faltaste a tus promesas.
 
¿Adónde fue la fe?,
¿acaso perdió sus labios
al escuchar los rezos
de inicuos sacerdotes?
¿Por qué te marchas, consuelo,
huyes al país de la justicia, tú,
que te casaste con la duda?
 
El opio de la inmundicia,
hermanado con la abyecta mentira,
vive entre locos anhelos
desparramando su envenenada pócima
sobre mi ingenua lealtad.
 
La ceguera pasea, soberbia,
animada por inusitada fuerza,
y sube la empinada pendiente
sin que nadie calme su corazón
ni haga callar su torpe voluntad.
 
¿Es la esperanza un engaño?
Al miedo, sí, lo mueve una callada cobardía
que encuentra en la venganza su mejor consuelo.
Mis ansias no tienen respuesta,
una inmensa orfandad
se enseñorea de las calles.
 
¿Qué somos?
¡Utopía y nada más,
vanos sueños de añoranza
disfrazados de amor,
sueños destrozados por la horrible miopía
de vanos sentimientos que siembran dudas
y mercadean con la inocente fragilidad
de vaporosos contrapuntos
con sones de fiesta…!
 
Mi soledad
y mi afán caminan juntos.
En vano, mi alma,
conteniendo su llanto,
mendiga una respuesta.

ÉPICA LEVEDAD


Épica levedad
derrama su nostalgia
sobre mis hombros,
intangibles círculos bordean
mi apolillado paso.
 
Errática autoría,
consumiendo mis huesos,
pergeña rutinarias imágenes
que deambulan, con estrábica inercia,
por los cauces naturales de mi ciega estulticia.
 
Sin reparos, muestro al mundo
mi desvergonzada calvicie;
frío tengo, poseído por un súbito espanto.
Antiguas tradiciones, carentes de entusiasmo,
yacen bajo los cueros de un tangencial abismo.
 
Camino erguido,
algo inclinados mis hombros,
disimulando la torpeza de mi brazo,
escondiendo la bisoñez de mis garras.
 
De la urbe me espantan las facciones,
en la tierra se hundieron mis raíces.
Prisionero de un grito,
¡cómo aborrezco el tacto
de mi fina epidermis…!
 
Querría escapar de la arrítmica
y decadente molicie.
Desconocidas fuerzas me empujan
hacia un implacable destino que, antes o después,
habrá de derrumbarme.
Sórdido eje traspasa las cenitales salidas
para luego adquirir impulso y
arrojarme a traicioneros brazos.
 
Pertenezco a otra especie,
a una especie que se pierde en las calles,
a una especia sonámbula que sufre
incontenibles contorsiones y olvidó,
en los volcanes de la luna,
la entraña de su andrajosa evolución.
 
Las solitarias grietas
de mis contritas manos
hierven al paso de los siglos.
Instintivamente, me contraigo,
me sumo en un oscuro fondo.
Duermo al raso, contemplando
las huellas que en el bosque
fueron dejando mis sueños.

AL BORDE DE LA HAMBRUNA


Al borde
de la hambruna emocional,
la mañana
está cargada de abismo.
 
El día es tan duro
como mi propia congestión.
Vivo envuelto en los gases del plomo,
bebo un café barato hecho con traicioneras balas
que atravesaron mi alma.
 
El arma no es noticia ya para mi cuerpo,
engañoso horizonte da consuelo a mis ansias.
La vida no me alcanza
para comprarme un hogar…
¿he de vender mi conciencia?
 
El agua se les niega
a los humildes gusanos que,
sobre un mendrugo de pan,
derramaron las ansias
de una imposible esperanza.
 
Enturbian mi vida ateridas estrellas,
inmensas nubes de polvo.
Mi corazón enciende el fuego
de implacables hogueras
cuyas llamas quisieran consumir
el tronco de esta insaciable opulencia.

NUEVAS FLORES


Mirar el pecho de los niños floreciendo,
sus mejillas en flor, el nocturno en sus vientres;
palpar el ácido de la muerte
mansamente encendido,
ardiendo en luces vivas.
Oler los pétalos de la novia,
el amor de la madre abrasando
los labios de sus hijos.
Besar a los hermanos,
sostener el bastón de los mayores,
sacar del pozo el aceite
que la turba arrojó con manos ciegas, volcar
sobre nuestros pies la sangre almacenada
en la caverna y, tras la hirviente espesura,
alimentar a los nuevos retoños
con el fuego de la primavera.

LÓBREGAS TUMBAS


Lóbregas tumbas dan cauce a mi destino,
la canción de la tribu grita su inanidad.
Henchidas de tristeza, con absorta mirada,
las palabras escucho de un bardo entre la plebe.
 
La curva de mi espada no conquista la calma,
el conjuro del siglo me lleva al cataclismo.
La mixtura se anuncia de malignos licores,
un oscuro granito ensordece los mares.
 
Esos gritos hostiles no pulen mis aristas,
sino esculpen en tierra sus profundos abismos.
¡No hay nubes que resistan; torpe, mi vuelo cede!
 
¡Sobresaltos, blasfemias, corrompen mis anhelos!
¡Ciegas hidras se aferran a un incierto futuro!
Las voces de los ángeles perdieron su relieve.

HERIDA


¡Qué herida,
qué herida dejó el eco de haber vivido
muriendo en nuestros actos!
¡Qué lúcido el instante
en que aguardé esa voz
que llegó sin llamar,
que sin pensar vibraba,
que en toda boca estaba:
en el vacío, en la ausencia,
en el roce de las sombras,
en esos montes que conturba el viento,
en el incendio de la definitiva prueba,
en el caótico final que traspasa mi fondo,
que completa mi hueco,
que alienta mi contacto,
que deshace mis sueños
y derrumba los troncos
en que descansarán mis manos…!
 
Tiene la vida un sabor fuerte, recio,
más y más perceptible conforme avanza la noche.
Tiene el cielo,
en su más alejado cuadrante,
algo que me desconcierta.
En mi alcoba, apenas queda tacto
-salvo el ardor de la palabra-
para sentir las partes que conforman
la luz de mi existencia.
 
Mundos ignorados,
secretas salivas,
por el misterioso abrazo
de unos silencios recién cortados
se plantan ante mi vista,
se agitan cual oscuro soplo,  
convirtiendo mi suerte
en un espeluznante nudo
de sabor transparente, sereno,
reconfortante, amoroso,
aunque algo agrio…,  ¡y muy puro!
 
Apasionados gozos
se vierten sobre mi alma
traspasándola con sus finas agujas,
sombrías ausencias
hacen de mi sangre un solitario desierto,
frenéticas presencias
de mi espíritu se adueñan…
¡Apenas sé si estoy despierto!
 
La vida me acaricia,
recorre mi materia
que cabe, toda, en el agua
de una conciencia verdadera,
en el mudo espacio de mis sueños,
en aquel pacto de diamante
que vio crecer mi fuego,
en el espasmo del gigante colapso,
en la inefable nada de la nube suprema,
en el imprevisto misterio de la muerte,
de la agonía delirante,
de un cuerpo que alucina
con esos ojos cargados de angustia,
de inabarcable angustia…
 
Me veo por los caminos,
marchando a todas partes,
sin concebir la forma
de un tiempo fugitivo,
de un espacio sin velos
que hace vibrar sus inclementes notas.
 
Para mis ojos,
la tierra en nada cambia,
el aire siempre tiene
la misma envoltura.
¡Querría encontrar el modo de expresar
los más secretos pensamientos…!
Si el tiempo me da aliento,
sería tu goce mi más arcana delicia,
fenecería el temor
y mi vida sería cada vez más profunda.
 
En vano me amenazan
esas oscuras presencias.
La mejor suerte me espera y, al final,
mi vista podrá acariciar
el goce de trascendentes mundos
sin absurdas tardanzas,
sin prosaicos olores,
con la sola esperanza
de que un divino reloj marque la hora
en que el espacio se ponga en marcha y me empuje
hasta el borde con decididos pasos.
 

MIS BRAZOS


Mis brazos
apenas pueden levantar
el pesado escudo,
mientras cruzo los viejos
senderos con pies nuevos.
 
Mis manos
a duras penas pueden sostener
la acerada lanza con más fuerza
que la de cualquier otro villano,
con más honor
que la de cualquier otro príncipe.
 
Con mis cansados brazos,
con mis rugosas manos,
sembré un rosal en la tierra
cuyo aroma llevó el viento
hasta una lejana colina.
Ingenua, al calor de arreboladas nubes,
nació una flor de ligero perfume.
Con profundo anhelo,
en lo alto de la cima,
cultivé aquella rosa
que dejó en mis manos
profundas espinas…
 
¡Que no se acostumbre nadie
a andar los mismos caminos,
ni a sentir el mismo tacto,
ni a vivir el mismo cielo,
ni a hilar el mismo argumento!
¡Ejerced, sin farsa, vuestro noble oficio,
como lo hace la pluma del poeta
o la pala del sepulturero!
 
Sobre marmórea losa
canta mi triste nombre
sus viejos recuerdos.
Aquella vida,
por la que agitadamente marché,
le dijo a los pueblos su eterna canción,
dejó por las sendas sus cansadas huellas.
 
¡Pero los muertos no rezan,
ni los aromas del huerto
pueden llorar al jardinero!
Bajo la piel de mi alma
duerme un canto de justicia,
palpita el corazón de los pueblos,
fluye el humor de agrestes campos,
late un eterno sufrimiento, ¡oh, infinito nocturno!:
el despiadado sufrimiento
que nubla las entrañas
de los humanos tormentos.