EXQUISITAS PALABRAS


Exquisitas palabras,
palabras que brotaban
de una ardiente poesía,
sustentaban el inmenso poder
de aquellos versos que nacían
de una mirada perdida en brillantes metáforas,
de un refinado gusto
estimulado por un sublime arte.
Borrachas de eróticos impulsos,
no reparaban en el tiempo,
aquel tiempo en que sensuales exorcismos
impregnaron mi alma de palpitante lujuria.

TUS RISAS

Óleo: Daniel Gerhartz.

Tus risas apagan mi voz,
de la alcoba me llegan ancestrales fantasmas,
nostálgicas remembranzas iluminan tu rostro.
Me sabes a corazón,
me apetece el sabor de tus labios.
Hacia ti, intangibles, pausados,
descienden mis interminables días.
Ya no puedo oler más que tu puerta
golpeada por un corazón
del que cuelga aquel viejo silencio.
Mi reloj arrojé al vacío,
sus manecillas apenas se movían,
¡era tanta la soledad que horadaba mi alma!
Tus ojos son la roca
en que mis versos mueren.

SIGUIENDO SUS PASOS


Cauteloso, rodeo el empinado sendero
que me lleva hasta la boca del infierno.
A veces, mis planetas le hacen una mueca
orbitando el universo de su clara sonrisa.
Camino, con los ojos abiertos,
sobre una pendiente que no olvida
el ritmo de unos sagrados astros ni ignora
el divino danzar de aquella incisiva lengua.
Cuando imagino sus ojos…
¡se me escapan!
Cubierto con broncínea armadura,
sorteando afiladas rocas,
un amoroso cantar enciende mi fuego,
y yo, cubierto de ceniza,
acompañado por alados demonios,
en vano intento seguir sus atrevidos pasos.

LA ESTRELLA


Eres la estrella
de mis delirios colmados.
Un torrentoso río recorre mi vida
de la cabeza a los pies, refrescando,
con zigzagueante trajinar,
los pliegues de mi garganta.
Súbitos, mis ensueños despiertan
antes de haber amanecido,
todo el fuego del cosmos
abrasa mis agitadas noches.
Ante mi rostro,
entes extraños se deslizan,
cual fugitivas sombras,
nublando el cielo de la mañana.
Insomnes, mis ojos encandila
tu refulgente eternidad.

NO SÉ SI ES MÁS HORRIBLE


No sé si es más horrible la ultratumba
o esta agobiante realidad.
Las tres… y sentado, sin simiente,
sobre una cama en la que titilan
estúpidamente mis recuerdos.
En el insomnio,
veo tu nombre en mis ojos
hasta que llega el terco fantasma
de la aurora.
Por mi alma, vuela tu rastro
como un etéreo sueño que me abraza
con su exquisita dulzura.
Después de aquella noche,
mis ojos se confundieron de idioma
y yo me ahogaba en tu densa saliva.
En aquella interminable madrugada,
se realizó el conjuro de dos almas
que confundieron el color de sus miradas.
Al sentir la herida de tu voz,
se pararon todos los relojes
y nuestro amor se convirtió
en un broma macabra…
¡Calla, no digas nada,
deja que hablen nuestros cuerpos,
apriétame contra tu pecho
mientras que saboreo el infinito almíbar
de la carnalidad en tus labios!

DOLOROSOS RECUERDOS


Dolorosos recuerdos entreví
sobre la nieve de una dosis.
Justo a mitad de tiempo,
volví a sentir un frío arrepentimiento filosófico, casi existencial,
sin ninguna psicopatía aparente.
Todo se cimentaba en la trampa
enfermiza de mortecinas horas
y en el dolor de unas neuras freudianas.
¿Quién cree ya en cómodos divanes y en píldoras mágicas…?
Mis cobardes psiquiatras huyeron por un agujero sin fondo.
Lo siguiente fue la terrible locura, la horrenda culpa,
salvo que fueres purificado por extáticas vírgenes
con sus sagrados brazos puestos en cruz.
¡La tormenta diaria, luego, el vil arrepentimiento!
Todos los cuerpos enferman por el pecho,
mis trágicos espasmos son cosa del diablo.
¡Apagar la mente, encender el alma,
entender el paradigma y morir en el acto,
recitarse a sí mismo los deseos insatisfechos,
constreñir tus sentidos,
reprimir tu instinto asesino,
repetir continuamente el credo
que te enseñaron esos viejos amigos
que juegan con extraños misterios
y olvidan la experiencia de morir
porque prefieren pasárselo a lo grande,
aquel rosario de tu niñez,
aquellas sanadoras aguas
que pretendían redimirte de la maldición eterna,
que eran la sangre de inocentes víctimas…!
¿Por qué no te olvidas de esos insanos dioses?
¡Te gusta soñar, eh, y asistir a misas negras!
Un poco más de infierno infantil
no te hubiera venido mal
para volverte más seria
y calmar tus ocultas intenciones.
Inicuos sacerdotes te endosaron la deuda soberana
y descargaron sobre tu espalda las culpas de aquellas mafias.
Ni un acto de infinita contrición,
ni poner los brazos en cruz,
ni amarrarte al cuello la soga del ayuno
podrá redimir tus insolentes pecados,
a pesar de tus rezos diarios
y el aparente arrepentimiento
de tus joviales domingos.

MUDOS, AUSENTES


Mudos, ausentes, viajan mis besos,
tratando de olvidar el llanto
de las innumerables promesas clamadas por ansiosos labios,
de juramentos inspirados en inalcanzables deseos.
Prendida estuvo mi alma de las garras de una furia
con fijación de agrestes madreselvas
que exhalaban inmarcesibles aromas.
Después de unos instantes,
se apagaron todas las canciones
y perdí la noción de mi existencia.
Nació la ira, dentro de encarnada piel,
atravesando el día y vomitando espinas
que en mi garganta se clavaban
y desbordaban el nudo de mi cuna.
¡Esa fila de números en el interminable calendario,
esas malas hierbas trepando por los altares,
ese montón de lágrimas,
esa plaga de horribles onomásticas!
Cada carta que escribo
tiene el sabor de un día.
Secretas venas, santas,
se resisten al infierno del olvido.
Esas lejanas estrellas, con sus luces de fiesta,
gritan su nombre ante la propia mesa
en la que rompí mis sagrados juramentos
errando por la noche sin saber
dónde apoyar mis manos.
De pronto, una extraña luz
brilló sobre mis hombros
calcinando las calles
antes que mi afección
se hubiera culminado.
El desamor bastó para romper mi herida
y arrojar la llave al fondo de un silencio
que no entendía de labios,
ni de bocas que se abrieran
ante atónitos ojos sorprendidos
por el espíritu de sacrílegas rosas
que sucumbieron a la inevitable desgracia.

EL SANADOR


Mis ojos se perdían en lejanos paisajes.
Alguien, piadoso, se acercó hasta mí
queriendo explicarme mis oscuros sueños.
Con los siete pecados capitales
y amorosas maneras, hizo una espesa sopa
condensando en ella todas mis desgracias.
Delicadamente, me tendió en la cama;
alrededor del mullido lecho
se escuchaba el silbido del viento.
Con frescos elixires atenuaba
el cautiverio de mi espíritu,
expulsó a mis demonios,
me libró del infierno
en que se había convertido mi alma.
Mi alborozado espíritu
pudo entonces adentrarse
en la callada esencia de la naturaleza.
Me asomé a mi conciencia,
saludé a mis vecinos,
olí la piel de la hierba…
¡y procuré comportarme honestamente!