TENSA ESPERA


Te aguardé, mi presente,
y ya te has ido.
Apenas vi mi pasado.
¡Hasta tal punto
cambiaron mis maneras…!
Y a ti, futuro,
aunque te espero con afán, bien sé
que eres sólo un suspiro.

SE ME VAN LAS PALABRAS


Se me van las palabras
por el vientre de la noche,
por la espalda de la vida.
 
¿Qué extraña fuerza
me aleja de la muerte?
Una firmeza clara
clava mis sentimientos  
al borde de un instante…
 
¡Y me inunda una voz!

PASAJERO SOY


Pasajero soy de una divina estrella
en la que, con alivio,
vaciar pude mi veneno interior,
mi espanto ante la vida,
la pesadilla de esa inevitable tortura
de ir a tientas,
en el espacio de una consciencia interminable,
para llorar ante lo desconocido
y sumergirme en el cieno brutal
de ese dormir sobre el horror
del que jamás nadie despierta.

ESTA CRUEL SENSACIÓN


¡Esta cruel sensación, esta pena tan mía,
esta vana pesadez, este vacuo pesar,
este incurable sufrimiento de mí mismo,
con sus presuntuosos nuncas,
con su infundado resistirse
a la caricia de un abrazo!
Opresoras sombras me afligen
cansado ya de tanto vacío.
Luego, el sordo desengaño
de esos falsos dioses, ¡oh, fatalidad!,
que me hacen sentirme más solo.

SE MUEVEN MIS HORAS


Se mueven mis horas hacia el sol,
huelo el aroma de los nuevos frutos.
Fina lluvia, derramando sus nimbos,
hace que mis ramas vibren, que
duerma la tierra, que
despunte mi mirada.
 
Despierta la nueva cosecha
bajo una resplandeciente luz,
el día se nos abre,
amor bosteza sus mimos
despertando la sed de los hombres.
Brillan los ojos de una legendaria princesa
con aromas de verdor,
con los susurros de un viejo romance.
Antes de esos brillos todo estaba a oscuras;
antes del intento, el mundo era opaco.
 
Ese frío del pasado,
ese calor del futuro
ilumina la mirada del ahora
despejando los nuevos caminos.
Mi presente se confunde con aquel alba
en el que los dolores del parto
hicieron germinar la cosecha.
Ríe la noche estirando sus brazos,
el día grita su clamor.

NO ES, TAN SOLA, ESA LUZ


No es, tan sola, esa luz
la que brilla entre las velas,
sino la soberbia
que segó la semilla del amor
y la duda,
tejedora de vanas esperanzas,
que hizo rodar las esferas.
 
El destino se acerca reptando,
como avieso gusano.
Sus sedas envuelven los humanos desvelos
y el regio trono de los dioses,
esos dioses que llegaron
para saciarse con las cepas
de los mejores vinos…
 
¡Ay, esos pequeños racimos
que de las vides cuelgan,
siendo hijos del sol, fragmentos
de vida desprendidos del sol,
al reflejar la luz,
merecen todo mi aprecio
como el mejor de los regalos!
 
Hijas de la luz, retoños de los dioses,
las negras uvas, fundidas con lo divino,
derraman sus blancas gotas
de rocío sobre la paz del ara
dando cobijo a nuestros sueños.
 
Todos somos hijos
del dios de la inventiva,
de la imaginaria pulcritud
e inagotable ambición
de un desmayado anhelo…
Los dioses ya están ebrios,
y apenas pueden enderezar el timón
en su obsesivo vagar por los celestes mares.