Mis manos se abren
hacia un cielo que no existe.
Lo imposible perece, derrumbado,
bajo una montaña de tiempo,
tiempo extendido,
halo de tiempo
que riega la tierra,
con su lengua de fuego, arrastrándome
por los senderos del olvido.
Mis manos se abren
hacia un cielo que no existe.
Lo imposible perece, derrumbado,
bajo una montaña de tiempo,
tiempo extendido,
halo de tiempo
que riega la tierra,
con su lengua de fuego, arrastrándome
por los senderos del olvido.
De norte y sombra,
de estrellas y luz,
sin que ningún demonio
pueda apagar mi vida,
sin conocer el eje de la muerte,
con un destino indescifrable
en la verdad del amanecer,
con la ilusión danzando
entre mundos desconocidos,
con el equilibrio girando
en el atardecer de la pureza,
viendo, ya anciano,
un universo que no entiendo
y, en el silencio,
el alcance de algo que no se explica,
buscando, solo, en las entrañas del tiempo,
una mirada que se ha ido.
Enamorada de la flor
del ciruelo,
mi verso es una rosa
que crece en soledad.
Cuando abre sus pétalos,
su perfume llega
hasta mi sediento corazón.
Esquivas, recelosas,
sus raíces se hunden
en indómitas aguas.
***
El cantar
de los mirlos
adorna mis mañanas.
Sobre el cráter de la montaña
aún se ve el plenilunio,
¿a dónde se dirige?
Se borra poco a poco,
apenas tiene prisa.
***
Pausada, vuela;
sobre la tierna rama,
ya veo sus luces blancas.
Centellea la alborada
de un nuevo día
en este inhóspito desierto.
Abren sus alas,
detrás de mi ventana,
el vencejo y la aurora.
¡Tan lejos de los otros…!
Sopla un golpe de viento,
el mar se agita.
Por un momento, llueve.
Luego, se abren las azucenas,
el cielo aclara…
Y una brisa muy fresca
llega hasta mí,
no sé muy bien desde dónde.
***
Las olas vienen
y rompen, fresca
brisa nocturna.
Te siento,
loca luna llena,
alegrando mis orillas.
Hoy he soñado
tu ardiente espuma,
oigo tu extraño canto.
***
Como la espuma
de bravas olas,
mi corazón asaltan
vanas preocupaciones.
Entre las apariencias del mundo,
mi mente, perdida, anda. ¿Dónde
está el mal? ¿Y dónde el bien?
En mi viaje,
todas las estaciones
llevan al mismo sitio.
Me quedé dormido;
una voz me llama,
cantan las cigarras.
Tendido sobre la hierba,
apenas puedo protegerme
del sol del mediodía.
Vuelan los pétalos huyendo
de los besos ardientes
del viento.
***
El cielo
y la tierra
cierran sus ojos.
La luna
incendia
los bosques.
Tiernas, las hojas
cubren mis pasos.
Aromas de melancolía.
***
Por un puente
de nostálgicas estrellas
cruzaron sin saber hacia dónde.
Soñando reencontrarse,
anhelaban zafarse de la herida
abierta por los años.
Sólo una vez en la vida,
cruza la barca que nos lleva
a los confines de otra alma.
Extraño caminante soy que
se atreve a cruzar la maleza
adentrándose en las sombras de la noche.
¡Qué bellas florecillas,
cómo pueden llegar a emocionarme,
solitarias, en los campos de la primavera!
Las miro
y las disfruto…,
aun sin saber su nombre.
***
La lluvia de anoche
guardé en mi corazón,
¡qué frescura!
Absorto, cautivado
por su hermosura, ronronea
el gato junto a la flor.
Al llegar la primavera,
me llegan recuerdos de
hace no sé cuántos años.
***
Por el bosque de bambú,
solo, en la noche,
pasea el poeta.
Amable, susurrante,
la luz de su alma
juega con el viento.
Se imagina tendido en su lecho…
¡acariciando un libro!
La brisa de la tarde
me canta su canción.
Los cabellos del viento
me muestran su pureza.
Un pulso que no cesa,
caricias del otoño.
***
Una flor de ciruelo,
en sus negros cabellos,
renace cada año.
Al llegar la primavera,
se embriaga mi pecho
con la flor de sus labios.
***
Noche de invierno.
Se empapan de fría lluvia
los bordes de mis sábanas.
Los años encanecen
mis cabellos,
blancos lotos adornan
la amplitud del horizonte.
A través de los cristales,
fiel amigo, me llega
el murmullo del viento.
Posado en la rama,
abre el cuco
la flor de su canto.
Por el bosque se expanden
aromas de incienso.
Con agreste fervor,
mis oídos se rinden
a sus puros sermones.
***
Enjuago mi cara
en el bucle del tiempo.
Al viento mis cabellos,
dulce fragilidad.
Con miedo a equivocarme,
por el camino avanzo.
Mi corazón se alegra,
veo las primeras nieves.
***
Volando de muy lejos,
llegan a mis orillas.
Breves notas,
cromáticas escalas,
dan sentido a mis días.
Ecos del agua,
risas del horizonte,
atardecer divino.
Desde la húmeda alfombra
del otoño,
entre dispersas nubes,
veo vaporosos ánades
alejándose en el cielo.
Subo a mi pequeña barca;
como los gansos salvajes,
incansable, viajo.
Níveas flores de loto,
en su eterno descanso,
derramando poesía,
surcan el vientre de las aguas.
***
La soledad de la luna
despedía nuestro amor.
Sus lágrimas,
cristalinas, fluían
y fluían queriendo impedir
el marchitar de nuestras canciones.
Una profunda tristeza
inundaba el entorno.
Se mustiaban las flores
en los Jardines del Oeste.
***
Mi corazón,
huyendo del invierno,
boga y boga.
¡Pobre barquichuela
que nadie ve, iluminada
por la luz del relámpago,
cuántas veces pasa,
buscando sin saber,
para perderse entre los juncos!
En el azul…,
el blanco y el dorado;
debajo, manchas de musgo.
Allá arriba, un despiadado sol
y nubes de verano. Abajo,
mi alma, sedienta de estrellas.
¿Quién ganará –me pregunto-,
cielo o mar, la batalla?
***
Las veredas del tiempo
me marcan el camino.
Sin que se oigan,
hilos de mi memoria
a ciegas vuelan.
En la mañana
brilló el amor…,
su luz cegó mis ojos.
***
Ya marchó el sueño.
La primavera
se desvanece.
En su último crepúsculo,
me inunda el aroma
de los lotos rojos.
Tras las postreras lluvias,
secaron ya sus lágrimas
los ojos del camino.